Diccionario de las artes, de Félix de Azúa

ED. PLANETAED. ANAGRAMA

Diccionario de las artes, de Félix de Azúa
Autor: Félix de Azúa
Editor: Anagrama
Fecha de publicación: octubre 2002
Colección: Argumentos
Número de Páginas: 312

PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE 2002
Este libro nace del desasosiego y la incomodidad. Para exponer la contradicción entre mi convicción sobre la seriedad del Arte y la conciencia de que su actual fenómeno no es sino una venganza contra la seriedad del Arte, no podía utilizar las herramientas habituales del ensayo.
Cuando ya apenas queda nada manufacturado, he aquí que las artes, perdida su aura trascendental, pueden constituir el primer grupo de excelencia manual después de dos siglos de automatización.
«Yo creo que los artistas actuales son un banco de pruebas de nuestra estupidez, por eso son necesarios. Los artistas son una gente encantadora que practican una tarea inofensiva. Yo sólo les digo a los artistas de hoy que no han de tener ninguna obligación moral, que no han de querer cambiar el mundo. Lo único que tienen que hacer es aprender el oficio».
..............................................Irónico corrosivo
«No estoy de acuerdo, lo que ocurre es que ahora es todo tan políticamente correcto que cuando te sales de la línea, te dicen que tienes mala leche».

La ironía abunda, y también el sarcasmo directo.

 En la entrada “artista”, se apresta a derribar ese concepto y luego, para explicarlo mejor, previas disculpas a Popper, hace uso de una fábula: compara a los artistas con los oteadores de los trenes nazis cargados de judíos, y después de destacar la labor social de los oteadores, llamados a su tarea acaba añadiendo: “ En ninguna de las memorias y diarios que he podido leer aparece jamás un oteador que exigiera ser mantenido por la comunidad de presos”.

Toda una patada en…

En realidad, el libro es caricatura, caricatura del discurso académico, caricatura de las pretensiones cientifistas, caricatura de la reflexión sobre el arte. Pero al ser caricatura, paradójicamente, como ya dice el mismo autor en la entrada precisamente correspondiente a Caricatura, se parece más a la realidad que la realidad misma.
COMENTARIOS SOBRE EL TEXTO
Comprender el escenario en el que se mueve el arte contemporáneo no es nada fácil, ni siquiera para quienes están inmersos en este mundo hace años.
Mucho menos para los principiantes.
Nada mejor que un manual o un osario de palabras para saber de qué estamos hablando y nada mejor que este Diccionario de las artes, un libro escrito por Félix de Azúa, doctor en Filosofía y escritor barcelonés.
Para armar este volumen de entrada al arte contemporáneo, Azúa realiza un prólogo con los últimos 50 años de vida del arte.

Luego pasa a través de conceptos de índole filosófica que tienen una aplicación directa en la comprensión del arte actual.

Términos como la muerte del arte, Freud, mercancía, mercado del arte, clientela, bello (¿?) y color; conforman el total de 59 conceptos ordenados de la A a la Z.
Una lectura recomendada para quienes quieren comprender la inserción del “arte” en esta vorágine mediática (donde nos incluimos) y el escenario devastador-bello que le toca representar al artista en su obra.

A pesar de su apariencia frívola, o quizás por eso mismo, el actual mundo del arte se ha convertido en una de las áreas más expansivas de la industria del ocio.

El siglo XX puso en marcha un sorprendente proceso artístico que destruyó el sistema clásico de las artes, pero todo parece indicar que el siglo XXI se reserva algunas destrucciones más.

Porque, contra lo que cree mucho aficionado, la Muerte del Arte no significa, en absoluto, la desaparición de las artes, sino posiblemente su extensión masiva, una vez superada la clásica convicción de que en la obra de arte debe resplandecer la excelencia técnica del artista, o su singular personalidad, o ambas cosas.
En 1995 se publicó un ensayo de Félix de Azúa titulado Diccionario de las Artes
Perteneciente a la colección Diccionarios de autor.
En él, ordenados desde la A hasta la Z se recogen una serie de artículos divulgativos, unos más especializados que otros, relacionados con las prácticas artísticas.
Sus 'definiciones' de conceptos como color, forma, mercado, tradición, novela, cine, etc., nos colocan ante la situación actual del mundo artístico.
La importancia y el éxito obtenidos por el libro han llevado a que en 2002 Anagrama
Lo volviera a editar casi sin modificaciones.
Sólo algunos cambios en la bibliografía que acompaña a cada artículo y un prólogo nuevo en el que el autor hace una disertación acerca de la desaparición del Arte y la masificación de las artes a través de los medios de masas, el resto, intacto, sigue manteniéndose tan actualizado como entonces.
FÉLIX DE AZÚA
Poeta, novelista y ensayista nacido en Barcelona, 1944.
Licenciado en Filosofía, profesor de Estética
Ha publicado los libros de poemas
Cepo de nutria (1968)
El velo en el rostro de Agamenón (1971)
Tras estos,  es incluido por Josep María Castellet, en la antología Nueve novísimos poetas españoles, editada en 1970, junto a Manuel Vázquez Montalbán, Leopoldo María Panero y Antonio Colinas, entre otros
La lengua de cal (1972) y Farra (1983).
Su poesía completa está reunida en el volumen Poesía (1968-1989).

Como novelista ha  conseguido éxito y reconocimiento:
Historia de un idiota contada por el mismo (1986)
Diario de un hombre humillado (1987), Premio Herralde;
Demasiadas preguntas (1994)
Momentos decisivos (2000)

Prolífico ensayista, se puede destacar:
Los ensayos de Baudelaire (1978)
La Venecia de Casanova (1990)
La invención de Caín (2001), compendio de gran parte de sus escritos sobre ciudades y ciudadanos, sobre las urbes y sobre algunos urbanistas.
Su obra se caracteriza por un corrosivo sentido del humor y una profunda capacidad de análisis
Es colaborador habitual del diario El País.
http://www.elboomeran.com/blog/1/blog-de-felix-de-azua/

Un diccionario indefinido
FÉLIX DE AZÚA
EL PAIS – BABELIA 14/05/2011

Para dar una idea del arte en sus muchos aspectos hay pocas cosas tan apropiadas como hacerlo a través de fragmentos. Esa forma libre de abordarlo, guiada por un orden alfabético, puede hacer de un ensayo disperso un diccionario.
La palabra "diccionario" suele venir en los diccionarios, pero no todos están conformes en lo que signifique la palabra "diccionario". Conscientes de que un consultor de diccionario será el último en buscar el sentido de la entrada que le da fundamento, los diccionarios suelen ser muy desmayados en lo que concierne a su propia definición.

¡Quién me habría dicho que la agonía de las artes iba a durar tanto tiempo! He incluido alguno de sus últimos jadeos. Fascinantes, obsesivos, horripilantes

Así, por ejemplo, María Moliner comienza diciendo: "Libro en que se da una serie más o menos completa de las palabras de un idioma, etcétera". Definición perfectamente insuficiente e incluso errónea. Ni tiene por qué ser un libro, ni son "palabras" lo que lo componen.

Casi calcada es la entrada de Manuel Seco en su utilísimo diccionario del español actual. ¡Qué diferencia, ¿verdad?, con el Petit Robert, que nos traslada al universo de la exactitud!: "Conjunto de palabras dispuestas según un orden convencional que da definiciones o informaciones sobre los signos". Aquí se hace conspicua la diferencia: los diccionarios no ordenan palabras sino signos. ¿Quizás conceptos? No siempre: hay diccionarios de imágenes, como los del sistema Duden. El Oxford, por su parte, es pragmático a la manera británica y sólo describe el uso de un diccionario, aquello para lo que sirve, su utilidad, pero no su naturaleza o esencia. El de la Real insiste en lo anterior sobre el "libro" y las "palabras".


¿Por qué nuestros diccionarios redactan de modo tan tosco el concepto que los define y sustenta? ¿Cómo puede ser que un diccionario no se ocupe como tarea primera de su propia definición? ¡Ah, es tan nuestra esta exigencia! Podemos opinar sobre absolutamente todo hasta llenar un diccionario completo, pero que nadie nos pida responsabilidades. Nosotros estamos libres de toda culpabilidad. Podemos decir de un modo apodíctico lo que los otros son, pero que no se nos exija saber quiénes somos nosotros, desde dónde hablamos, con qué autoridad. Nuestra obsesión es poner una etiqueta a los demás, especialmente a quienes consideramos que no son como nosotros, pero que nadie ose definirnos o clasificarnos porque entonces le morderemos la yugular.

Así que hace unos años pensé en escribir un diccionario donde no cupiera la entrada "Diccionario". Soy tan irresponsable como cualquier colega, me dije, de modo que voy a definir apodícticamente todo lo relacionado con las artes, pero no me voy a justificar, ni voy a explicar quién soy, desde qué tarima hablo, ni qué intereses me mueven. En este país nadie se justifica, ¿por qué iba a ser yo el primero en hacerlo? Y me lancé a escribir un Diccionario de las artes no sin preocupación, pero con cierta nonchalance.
Lo hice persuadido de que escribía en la más completa libertad, como el niño que subido en su caballo de madera y esgrimiendo la espada de cartón va decapitando campeones y derrotando regimientos sin esfuerzo; con la graciosa ayuda de un gesto, de una leve fatiga al cabo del ejercicio, así me lancé a la tarea. "Hoy he derrotado a los blindados del general Rommel", le dice el entusiasmado infante a su padre que bastante tiene con rellenar las hojas de Hacienda, y así me sentía yo escribiendo el Diccionario de las artes que hoy se reedita con notables cambios, aconsejados por quince años en los que las artes han sufrido su último y definitivo infarto. Hoy ni las artes son lo que siempre habían sido (no lo eran desde hacía decenios), ni hay ya la menor esperanza de que vuelvan a serlo. Y añado: ¡por fortuna!
No es cierto que todo tiempo pasado sea mejor, es la memoria la potencia que mejora y adorna lo que sin duda fue tan efímero y tan poco vale como el presente. La memoria es la orquesta que pone música a los muertos y a los humanos nos encantan los entierros.
Estaba entonces, cuando la primera redacción, viviendo en París gracias a la generosidad de Sánchez Albornoz, en aquella época en la que aún era posible ser socialista en España sin tener que disculparte, e incluso en la que uno podía sentirse orgulloso de serlo. Mi diccionario tenía que ser socialista en el viejo y noble sentido de la palabra: racional, crítico, enemigo de toda connivencia con el poder, con la corrupción, con la codicia de los ricos, con la vanidad de los jerarcas, con las pequeñeces nacionales, cercano a los débiles, sí, pero sin sentimentalismo, honesto y benéfico. Quería escribir un diccionario republicano, vaya.

Todos estos ideales, comprensibles en un estudiante, eran muy difíciles de defender cuando uno quería opinar con toda seriedad sobre el estado de las artes en su momento de agonía (¡tan extraordinariamente interesante!), sin por eso renunciar a ser honrado y verosímil. Las artes, fagocitadas durante el periodo romántico por el Arte y convertidas en otra excusa del dominio político bajo la forma de las Vanguardias, habían sido destruidas. ¿Cómo explicar que esa destrucción tenía un aspecto comprensible? ¿Cómo comprimir en un solo y mismo libro la necesidad de desaparición del arte convencional del siglo XIX, la entrada en batalla de las agresivas y heroicas vanguardias, su triunfo absoluto a partir de la Primera Guerra Mundial, y su conformismo y decadencia a partir de la Segunda hasta constituir una Nueva Academia para banqueros y políticos?

Era una tarea que superaba mis posibilidades. Desde que era un crío, yo me había tomado muy en serio la entrega de los humanos a esa actividad que llamamos "arte". Tenía para mí que en la España que yo había conocido no se me parecía gente más viva y valiosa que Ferlosio, Claudio Rodríguez, Benet, Saura, en fin, no tiene sentido dar nombres porque los había a cedazos, gente que dedicaba su vida a buscar la forma de su experiencia, la de vivir bajo unas circunstancias, con unos congéneres, en un tiempo, unas condiciones y unas tragedias o comedias irrepetibles. Yo entendía la augusta tarea de los científicos, de los técnicos, de los cosmólogos y de la masa inmensa que trabajaba para que fuera posible esa espuma sobreabundante que es el pensamiento en su forma sensible, nuestro significado en forma material, pero no pudiendo dar cuenta de la totalidad del océano, decidí por lo menos comentar mi experiencia de la espuma.
Comencé, por lo tanto, a escribir un diccionario con la frescura de no haber definido previamente sobre qué sistema, método o principio me iba a apoyar. Como mejor excusa tenía la de que las artes actuales no permiten una visión unitaria y por lo tanto todo ensayo o teoría es un escaso fragmento. Esto es así porque la dispersión y capricho de las artes son el exacto reflejo de la distracción y la chifladura de nuestro tiempo y de nuestras sociedades. En ese sentido las artes que nos están dando figura y representación, tan estúpidas, enloquecidas, baratas, sublimes, sarcásticas, sobrecogedoras y disparatadas, son el reflejo de nuestro tiempo como los templos dóricos de Paestum lo son de la Magna Grecia. Y por eso mismo, el actual es el arte de una sociedad sin destino, sin proyecto y obsesionada con su pasado. Un arte casi siempre satírico y la mayor parte de las veces ridículo.

Inesperadamente, cuando se publicó, el diccionario llegó a mucha gente, más de la recomendable: tuvo tres reimpresiones y ahora se presenta en una nueva edición reconstruida. Yo no había sido el culpable. ¡Quién me habría dicho a mí que la agonía de las artes iba a durar tanto tiempo! He incluido ahora alguno de sus últimos jadeos. Fascinantes, obsesivos, horripilantes.

Dije al principio que un diccionario ni tiene por qué ser un libro ni tiene por qué estar constituido por "palabras". El mejor ejemplo, en efecto, son los diccionarios On Line que suprimen categóricamente la noción de "libro" de la definición, pero debo añadir un comentario sobre los diccionarios inmateriales. El más solicitado por la generación pixelada es la Wikipedia, ejemplo supremo de diccionario enciclopédico sin consistencia en papel. Debo añadir que los diccionarios hasta ahora ofrecían una garantía que sin ser absoluta era por lo menos institucional. Uno compraba el Oxford Dictionary porque le suponía más puesto en lo que atañe al idioma inglés que el Valderrábanos Dictionary. Quizás esto es injusto y cainita, pero también es incontrovertible. El caso es que Wikipedia carece de la menor garantía, pero los estudiantes la toman como La Palabra del Señor ya que no tienen otro Señor que la pantalla. Lo cual conduce a situaciones estupendas.
Me permito concluir con una anécdota rigurosamente real y verdadera. Un muy notable novelista mexicano asistía a su presentación madrileña en un establecimiento de augustas e históricas pretensiones. La presentadora desgranaba las virtudes del novelista con verdadera unción, hasta llegar a la lista de sus publicaciones, momento en que consultó una chuleta. Y entonces dijo: "Sus dos últimos libros son Chúpame la interminable y Mis historias homosexuales, ambas con amplia aceptación de público y crítica".
Imperturbable, el novelista mexicano tomó entonces la palabra, agradeció a la presentadora sus amables y sin embargo sinceras palabras, y añadió que también agradecía a Wikipedia la inclusión en su currículo de esas dos últimas y exitosas novelas que de inmediato se iba poner a escribir.

Ya me gustaría que mi diccionario diera pie para una historia tan hermosa.


Diccionario de las artes. Nueva edición ampliada.
Félix de Azúa.
Debate. Barcelona, 2011. 3
35 páginas. 21,90 euros.

«En las artes actuales hay tanto farsante como en política»

El filósofo Félix de Azúa publica una nueva versión del célebre ‘Diccionario de las artes’,
donde define lo que es la cultura contemporánea

EL CORREO - 24.05.11 -
CÉSAR COCA

¿Qué es hoy el arte?
¿Lo es una vaca abierta en canal y colgada por un gancho?
¿Lo es un bote que contiene heces de artista o de inmigrante?
¿Está el mundo artístico poblado por estafadores?
Félix de Azúa, catedrático de Estética en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Cataluña, acaba de publicar una nueva versión de su ‘Diccionario de las artes’ (Ed. Debate) que a mediados de los noventa causó un enorme revuelo en el ámbito cultural.
En el transcurso de una entrevista, el intelectual catalán, uno de los más brillantes del panorama español, aclara las dudas que tantas veces se ha planteado todo el mundo a la vista de algunas piezas presentadas como arte contemporáneo.
Y llega a la conclusión de que el arte de hoy -o las artes de hoy, expresión que a su juicio responde mucho mejor a la realidad- se entiende sobre todo a partir de la filosofía y resulta ajena a la gran mayoría de la población.
Muchos piensan que se les está tomando el pelo, y «no seré yo quien lo niegue», asegura.
¿Tiene sentido hoy la distinción entre alta cultura y cultura de masas?
– Los límites entre alta cultura y cultura popular han sido arrasados. Las paradojas del arte actual vienen de su democratización. Eso significa que todos podemos ser artistas porque además ya no hace falta formación. De hecho, el 80% de los artistas actuales no la tienen. Por eso cualquier cosa puede ser arte.
¿Es posible separar hoy el arte del espectáculo?
– No, pero se sigue la tendencia general. Hoy, la política, las instituciones, todo es puro espectáculo. Yo pertenezco al siglo pasado y para mí ha sido un gran impacto ver a Strauss-Khan esposado y darme cuenta de que era real. ¡Se parece tanto a una imagen de una teleserie...! La espectacularización de las artes es congruente con nuestra época.
¿Quién dicta en estos momentos lo que es arte?
– Un complejo de enorme poder político y económico. Forman parte del mismo los ministerios y departamentos de Cultura, los ayuntamientos que quieren tener sus museos, los galeristas, comisarios, expertos, coleccionistas, museos que tienen poder para imponer sus exposiciones, revistas, diarios, televisión, departamentos universitarios, agencias de viajes... Se mueven por ahí gigantescas cantidades de dinero que circula por densas redes de poder. Un caso extremo es Saatchi (publicista y coleccionista), que lo tiene todo para construir un arte británico: invierte dinero, busca chicos con talento y les dice lo que tienen que hacer, por ejemplo laminar tiburones. Es verdad que muchos se burlan de eso, pero qué más le da, si saca mucho más dinero del que invierte.
¿Es arte una vaca abierta en canal y colgada de un gancho?
– Pertenece al orden de las artes. La reacción más ingenua ante una ‘obra’ así es considerarlo una tomadura de pelo. Las estupideces o las groserías de las artes contemporáneas forman parte de nuestra manera de representarnos a nosotros mismos. Dentro de un siglo, si existe civilización occidental –que está por ver–, los estudiosos de nuestra época dirán que éramos así. Los griegos de la era clásica estaban representados por sus esculturas y nosotros, por el tiburón laminado o la vaca colgada del gancho.
Una conocida obra de arte consiste en heces enlatadas. ¿Qué diferencia hay entre esa obra y el tarro con el mismo contenido que lleva cualquier ciudadano al analista?
– Ninguna. El arte actual es democrático. Cualquiera puede envasar sus heces.Pero luego nadie daría un euro por ello porque es ese gran complejo del que hablaba quien fija su valor. La obra a la que se refiere, ‘Mierda de artista’ –luego ha habido variaciones sobre ese tema– se vendía al precio del oro en cada momento. Es una producción puramente teórica: no es arte, es filosofía del arte. El objeto de la obra ya no tiene importancia, solo la tiene la teoría. Las artes actuales se dirigen sobre todo a teóricos y filósofos. La paradoja es que, como está todo financiado por el Estado, hay que hacer con ellas grandes exposiciones para el público, que en general no las entiende.
¿Hay mucho farsante en las artes actuales?
– Como lo hay en la política. De hecho, cada vez se parecen más. El artista también tiene que montarse su chiringuito, igual que el político. Algunos lo hacen bien y otros rematadamente mal. En los dos campos.
En otras épocas, el arte persiguió la belleza, luego el impacto, más tarde se puso a filosofar. ¿Qué buscará en un futuro más o menos próximo?
– El asunto está muy petrificado. La primera edición del ‘Diccionario de las artes’ se publicó hace 15 años y en este tiempo la tendencia se ha reforzado. ¿Por qué esa ausencia de cambios? Puede ser que la máquina resbale sobre sí misma, repitiéndose. Pero puede ser también que estemos en un momento primitivo de la nueva era. Al fin y al cabo, las figuritas del románico se repitieron durante casi mil años. Otra vía de salida puede ser la hipertecnificación, que hace que todos podamos ser artistas en nuestra casa. No hay más que ver los centenares de miles de vídeos caseros que hay en ‘youtube’, con gente que canta o se come pollos crudos. Quizá cuando haya una gran masa crítica de todo eso salga algo.
La Capilla Sixtina o ‘La Gioconda’ se ven mejor en reproducciones de calidad que al natural. ¿Las copias perfectas terminarán por restar valor a los originales?
– Eso es lo que dice la modernidad: que la materialidad de la obra es cosa de épocas anteriores. Nuestra época rechaza el original porque lo considera elitista. Todos los esfuerzos técnicos se centran en conseguir copias mejoradas. Nunca se logrará sustituir un original por una copia, pero lo que sucede es que en las artes actuales los originales ya no son necesarios.
¿Qué papel tiene el fraude en el arte contemporáneo?
– El mismo de siempre. El fraude ha existido desde muy antiguo:los romanos ya falsificaban piezas griegas. Las artes actuales están construidas sobre la base de que aceptamos el fraude. Antes estaba perseguido, es cierto, pero ahora jugamos con ello. Está admitido el fraude. Y lo contrario:hay artistas, por ejemplo, que juegan a imitar la pintura de los niños. Uno de los intereses mayores del arte actual es aceptar ese juego. Pero quienes no lo hacen siempre pueden pensar que todo es una tomadura de pelo. No seré yo quien se lo niegue. Aunque también preguntaré si a esos mismos ciudadanos no les parece que las pasadas elecciones no lo han sido también. O lo sucedido con la crisis financiera:los banqueros que han arruinado a tantas personas se han premiado subiéndose el sueldo.
¿Cuál es hoy el papel de los críticos?
– Informar. Por eso, hay que darles la misma confianza que al periodismo en general:poca. Pero hay teóricos, más que críticos, que son muy buenos.
¿Existen hoy verdaderos mecenas o solo millonarios que compran arte como inversión?
– El coleccionismo trabaja siempre con un afán especulativo. Uno de los placeres del coleccionista es ver cómo suben de precio sus piezas. ¿Mecenas?Aquí no los hay porque el 80% de la producción artística está subvencionada por el Estado, y nadie puede luchar contra eso. Es algo que se debe al anquilosado y arcaico sistema español. En EE UU no pasa y por eso allí sí son mecenas privados los que compran y encargan. Eso explica, sin duda, que el arte actual más interesante venga de aquel país o del Reino Unido.
¿Qué papel tienen los marchantes y agentes en general? ¿Su intervención es determinante para que suban los precios?
– Los intermediarios del arte quieren que suban los precios porque eso viene bien a sus bolsillos, pero me resultan más ofensivos los intermediarios de la alimentación o el sector farmacéutico, por poner solo dos ejemplos. Ningún intermediario del arte aplica unos márgenes tan grandes como los que se dan en la alimentación.

Adán y Eva. Obra de la serie 'La muerte de Dios' -Damien Hirst-