Quentin Bell

QUENTIN BELL (1910-1996)
Quentin Claudian Stephen Bell, es más conocido por ser sobrino de Virginia Woolf
y/o haber escrito una biografía de esta insigne escritora, que por su dedicación a la enseñanza, a la literatura, a la crítica de arte o a la de artista-ceramista.
El 10 de agosto de 1910 nace en Londres (Inglaterra) siendo el segundo hijo de Vanessa y Clive Bell.

retrato con 23 años

Fue profesor de historia en el King´s College de la Universidad de Durham, mas tarde en la Universidad de Leeds, continuando en la de Oxford y finalizando en 1967 como catedrático de historia y teoría del arte en la Universidad de Sussex.

Autor de siete libros sobre historia o crítica de arte:
On Human Finery 1947
Those Impossible English (with Helmut Gernsheim) 1951
Roger Montane' 1961
The Schools of Design 1963
Ruskin 1963
Victorian Artists 1967
Bloomsbury 1968

Sin embargo, su obra más conocida es la Biografía de Virginia Woolf, publicada en 1972.

Gracias a su parentesco con Virginia Woolf y a tener acceso a valiosos documentos, hasta entonces inéditos, Quentin Bell pudo realizar una biografía de la gran escritora anglosajona; donde la ironía y el humor se unen al rigor histórico.

Con la publicación de esta biografía, Quentin Bell logra terminar con la censura tácita creada por el matrimonio de académicos F.R Leavis y Queenie, verdaderos gurus de Cambridge obsesionados por destruir todo lo que se relacionara con el Bloomsbury Group. Grupo formado por personalidades tales como Gerald Brennan, Duncan Grant, Roger Fry, Dora Carrington. Lytton Strachey, Vita Sackesville-West, etc., y del que el propio Quentin Bell formaba parte.


SU OBRA CERAMICA
Ahora bien, lo que en este artículo nos interesa es su obra como ceramista.

Podemos comprobar a través de las fotografías de sus piezas cerámicas, compuestas fundamentalmente por platos decorados, que no es una obra relevante. Aunque, apreciada por anticuarios y coleccionistas.

Perfiles decimonónicos, victorianos, colores y trazos mas bien pobres, es una obra lejana de la gran evolución dada en estos años del siglo XX por los maestros ceramistas, Bernard Leach, Sohi Hamada, Llorens Artigas, o sus coetáneos Hans Coper o Lucie Read


PLATO DECORADO CON EL NOMBRE CASANDRA
Diámetro de 21 cms. Con un dibujo esgrafiado en su interior realizado en la manufactura de cerámica Fulham
PLATO DECORADO
Con incisiones y dibujo bajo cubierta. Realizado en la manufactura de cerámica Fulham


FUENTE OVAL
Decorada con una bailarina de ballet con fondo en azul y detalles verdes
Tamaño max. 33 cms. Elaborado en 1986, en la manufactura de cerámica Fulham


PLATO CON DECORACION EN AZUL
Con metalizaciones iridiscentes.

PLATO CON DECORACION DE MUEJR EN TURBAN

CUENCO DECORADO CON UN PEZ
Elaborado en 1951, en la manufactura de cerámica Fulham la decoración es por medio de incisiones.


pote decorado por Vanesaa Bell, madre de Quentin, y dedicado a Grace Higgens, Quentin Bell


CUENCO DECORADO EN ROSA CON ESTRELLA DE LOS VIENTOS
Elaborado en la manufactura de cerámica Fulham fue diseñado por Duncan Grant y Vanessa Bell
Tiene un diámetro de 24cms.

FIGURA DE DAMA
Elaborado en la manufactura de cerámica Fulham, altura 33 cms.


BADEJA RECTANGULAR
Decorada con circulos
Elaborado en la manufactura de cerámica Fulham
Dimensiones 7 3/4" x 11 1/2"


BANDEJA OVAL
Decorada con círculos y borde de lustre dorado. Elaborado en la manufactura de cerámica Fulham
Dimensiones 10" x 12 1/2"

BANDEJA RECTANGULAR
Decorada con esgrafiados de escena de jardin. Dimensiones 31 cms.
Elaborado en la manufactura de cerámica Fulham


BOL DECORADO CON UNA MARIPOSA
Elaborado en la manufactura de cerámica Fulham , dimensiones 6 1/2" de diámetro.



JARRA CON ASA


JARRA PEQUEÑA


CUENCO ELABORADO POR Quentin Bell
Y decorado por Duncan Grant. Diametro 15,5 cm., Altura 7cm.




CANDELABRO
Realizado por Quentin Bell y decorado por Duncan Grant



PLATO LEDA
Una decoración satírica con la imagen de Lydia Lopokova que estuvo casada con John Maynard Keynes en 1925,



PLATO VIRGINIA WOOLF 1882-1982



PLATOS CON TEMAS DE LAS OBRAS DE Virginia Woolf
Mrs. Dalloway

To the Lighthouse

The Waves

Jacob's Room,

A Room of One's Own.




Fallece el 16 de Diciembre de 1996 en Sussex a los 86 años de edad.




Diario incesante de Virginia Woolf

por ANTONIO MUÑOZ MOLINA
10 de fwbrero de 2012 
publicado en EL PAIS


A Virginia Woolf le gustaba fumar puros, jugar a los bolos y escribir a máquina. Era feminista y era pacifista, y una vez que le ofrecieron un doctorado honoris causa lo rechazó con tajante elegancia. Comparaba la felicidad de escribir impulsada por el entusiasmo de la inspiración y la perseverancia del trabajo con el ronquido de un Rolls Royce lanzado a cien kilómetros por hora; con la fuerza de las hélices de un avión. Un día estaba escribiendo en su diario y al levantar la cabeza vio por la ventana de su casa de campo un zepelín que navegaba silenciosamente en la noche, con una guirnalda de luces en la barquilla; paseando por el campo con su marido, Leonard Woolf, una mañana de primavera, vio en un prado, entre ovejas y vacas, un aeroplano de fuselaje plateado y alas azules.

Cuando la abatía la negrura de la depresión podía pasarse semanas encerrada en su dormitorio, mirando al techo, deseando morir; pero muchas más veces disfrutaba golosamente de la vida, del amor conyugal y tal vez del amor de aquella mujer a la que estaba tan unida, Vita Sackville-West, de la cercanía de sus amigos, de los paseos entre las multitudes de Londres o las caminatas solitarias por el campo; de verlo todo y apreciarlo todo; y sobre todo de la literatura, de escribir y leer, de recibir la intuición, la primera imagen de una novela y dejarse llevar por ella hasta encontrar su forma; y de escribir en su diario sobre la felicidad y la obsesión y la incertidumbre de escribir y sobre cualquier cosa que se le pasara por la imaginación y sobre cada impresión que le alertara los sentidos, sobre una visita a Thomas Hardy o un encuentro a la orilla del Támesis con George Bernard Shaw o sobre un perro que la miraba mientras trabajaba o sobre aquel aeroplano que ella y Leonard vieron un día brillando al sol en medio del campo como una prodigiosa libélula.
En ella hay un ansia peculiar, una inmediatez física, y además un coraje personal que los escritores varones no necesitan

Escribía el diario en volúmenes de páginas en blanco encuadernados por su marido en la editorial que habían fundado los dos, la Hogarth Press. Cada año empezaba un tomo distinto. Había llenado veintisiete cuando se quitó la vida el 28 de marzo de 1941, internándose en un río con los bolsillos llenos de piedras para que su cuerpo no flotara. En los últimos tiempos sus anotaciones se habían ido haciendo más secas, mucho más cortas. El miedo a la locura se correspondía con el colapso del mundo. Hitler se había apoderado de Europa entera y cada noche las bombas de la aviación alemana asolaban uno tras otro los barrios de Londres. La casa en la que Leonard y ella vivían estaba en ruinas. Virginia Woolf volvía a Londres desde su refugio en el campo y encontraba reducidas a escombros las calles que hasta hacía muy poco tiempo fueron los lugares usuales por los que se movía. Leonard era judío: si como era probable los alemanes invadían Inglaterra Virginia y él se matarían juntos.

Quiere lograr una forma fluida y abierta que contenga la vida sin falsificarla. Quiere la eliminación de los premioso o lo superfluo

Un síntoma de la depresión es que la realidad exterior parece confirmar las impresiones más sombrías de quien sufre su influjo. En los últimos años, según los síntomas de la guerra inminente se hacían más visibles, según caían Checoslovaquia y Austria y se hundía la República española, Virginia Woolf había sentido cada vez con más frecuencia la mordedura del trastorno mental, y cada vez le era menos útil el remedio que siempre le había ayudado a salvarse de él: el trabajo, la escritura constante, la entrega a aquella adicción que un amigo suyo comparaba con la adicción al opio. Su prosa es una tentativa constante de crear un estilo que fluyera como el curso del tiempo, que atrapara la fugacidad y la velocidad de las cosas, la simultaneidad armónica de las palabras, los estados de conciencia, las sensaciones, los sentimientos: pero ese estilo tiene en el fondo la urgencia de una huida, la falta de sosiego de alguien que sabe que si baja la guardia o se queda inmóvil será atrapado por la bestia oscura que le viene a la zaga.

En esa pulsación rítmica y entrecortada de la escritura Virginia Woolf no se parece a nadie. Aprendió de Proust la ambición de atrapar como un flujo de ondas y partículas la textura del tiempo, la simultaneidad del presente y de la memoria; y aunque Joyce le provocaba mucho recelo y bastante desagrado aprendió de Ulises la manera en la que la conciencia observadora, la yuxtaposición de las perspectivas y el caos visual y sonoro de la ciudad moderna pueden entretejerse casi musicalmente en un solo relato. 

Pero en ella hay un ansia peculiar, una inmediatez física, y además un coraje personal que los escritores varones no necesitaban. No imaginamos a Joyce ni a Proust confesando tan abiertamente las propias debilidades en un diario; reconociendo que los hieren y los humillan las críticas negativas y que no son insensibles a ningún elogio; llevando la cuenta de los ejemplares vendidos de una novela. Virginia Woolf tenía miedo de no ser tomada en serio y anotaba siempre con incredulidad las señales del éxito. Se reprochaba a sí misma el daño que le hacía una reseña cruel y vencía el pudor para copiar palabra por palabra el elogio que le había hecho alguien.
 
No descansaba nunca. Lo que más asombra del diario es su laboriosidad incesante. Anota con alivio el final de la primera escritura de una novela y a continuación la pasa a máquina y la corrige y se la da a leer a Leonard, la presencia benéfica que apuntala su vida. Al empezar a escribir se había dejado llevar por su propio entusiasmo, por la embriaguez de inventar y escribir: apenas publicado el libro ya se aleja de él y no es capaz de recordarlo sin remordimiento. Quiere lograr una forma fluida y abierta que contenga la vida sin falsificarla. Quiere el despojamiento de la poesía y la eliminación de lo premioso o lo superfluo. Aspira a que la novela terminada conserve la libertad de un borrador. Cada libro empieza siendo una promesa y termina parcialmente en una claudicación. Así que en seguida hay que empezar otro, no porque ella se lo proponga, sino porque surge una imagen, un hilo que habrá que seguir, y porque la inactividad desemboca rápidamente en abatimiento.

De modo que no hay más remedio que escribir siempre. Cada año empieza con un tomo encuadernado y en blanco y concluye con él lleno hasta el final de escritura. El de 1941 queda inconcluso, más de la tercera parte de las hojas en blanco. Años después, Leonard Woolf repasa los 27 cuadernos y va extrayendo de ellos los pasajes relacionados con el oficio de la literatura. Uno de los mejores libros de Virginia Woolf ha llegado a existir cuando ella ya estaba muerta. Leonard Woolf, tan atento en la muerte como en la vida, lo tituló A Writer’s Diary. No conozco otro testimonio mejor sobre la felicidad y la incertidumbre de escribir. No hay confesión de un escritor en la que haya tanta verdad como en este diario de Virginia Woolf.

antoniomuñozmolina.es