Antonio López - Jaume Plensa

De Octubre a Enero se puede contemplar en el Museo de Bellas Artes y en la Gran Vía de Bilbao la obra de Antonio López que previamente se expuso en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid.

Sobre este artista plástico es recomendable leer el artículo de VICENTE VERDÚ “Antonio López y la muerte” publicado en el diario EL PAIS
Interesante texto entre otros motivos porque nos puede evitar los excesos a los que lleva la propaganda cultural de masas.

Antonio López, cabeza de una de sus nietas expuesta en la Gran Vía
Antonio López, cabeza de una de sus nietas durmiendo expuesta en el Museo de Bellas Artes

(…) La mayor parte de los cuadros y esculturas expuestos en la Thyssen son criaturas muertas, hijas de largas y meticulosas sesiones de taxidermista. (…) VICENTE VERDÚ

Pues bien, estas dos cabezas, realizadas por López recientemente, recuerdan la obra de Jaume Plensa –Barcelona, 1955-


In The Midst Of Dreams.  Jaume Plensa 2009
Installation of polyester resin, fiberglass, stainless steel, marble pebbles, and light . Galerie Lelong, New York


 “Entre sueños”. Jaume Plensa 14-02-2008
Jaume Plensa
Jaume Plensa
Jaume Plensa
Jaume Plensa

Casualidad -o no- en la semejanza del concepto y la presentación formal de la obra de López  con la de Plensa

El hecho es que,  el  mixtificante y abrumador espectáculo cultural que ofrece el poder  nos lleva a caer en la perplejidad.

http://www.revistadearte.com/2011/09/19/antonio-lopez-viaja-al-museo-de-bellas-artes-de-bilbao/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+Revista-De-Arte-Logopress+%28REVISTA+DE+ARTE+-+LOGOPRESS%29
Antonio López
Del 10 de octubre de 2011 al 22 de enero de 2012
Museo de Bellas Artes de Bilbao. Sala BBK
Museo Plaza, 2. – 48009 BILBAO


“ …sólo se espera de los artistas que decoren los espacios de poder, sea económico o político  Francesc Torres




Museo de Bellas Artes de Bilbao




Arte japonés y japonesismo, 
en el Museo de Bellas Artes de Bilbao 
Logopress - Editor
http://www.revistadearte.com/2014/06/05/arte-japones-y-japonesismo-en-el-museo-de-bellas-artes-de-bilbao/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+Revista-De-Arte-Logopress+%28REVISTA+DE+ARTE+-+LOGOPRESS%29

La colección Palacio de arte oriental fue reunida entre 1925 y 1932 por José Palacio (Montevideo, 1875–Bilbao, 1952) e ingresó en el Museo de Bellas Artes de Bilbao en una primera parte en 1953 a través de la donación de su heredera, María de Arechavaleta, quien a su muerte en 1954 legó el resto. El interés de la colección radica en la calidad formal y artística de las piezas y en su excepcionalidad, ya que es una de las pocas de este tipo en nuestro entorno.

Incluye 291 piezas de arte extremo-oriental, de las que una buena parte (221) pertenece al arte japonés, aunque comprende también piezas procedentes de China, sudeste asiático, Corea, Vietnam… Entre ellas hay pinturas, estampas, una de las mejores colecciones europeas de tsuba (guarda de la hoja del sable japonés), inro (estuche con varios compartimentos que cuelga del cinturón del kimono), suzuribako (caja para escritura), sikisibako (caja para guardar papeles), objetos Namban, fabricados para la exportación y que reflejan el gusto occidental, y cerámica para la emblemática ceremonia del té o chanoyu. Están datadas, mayoritariamente, en el periodo Edo, comprendido entre los siglos XVII y XIX, en el que Japón no recibe apenas influencia exterior y produce, de este modo, su arte más característico. La exposición Arte japonés y japonismo está comisariada por el experto Fernando García Gutiérrez, S.J.

El Museo de Bellas Artes de Bilbao reúne por vez primera, gracias al patrocinio de BBK Fundazioa, la totalidad de las piezas de arte japonés (221) catalogadas de la colección Palacio, que ha estado parcialmente expuesta al público en diversas ocasiones, como en 1998 (93 piezas) y 2010 (114 piezas). Además, pone de relieve su influencia en el arte europeo del siglo XIX y en la abstracción y el informalismo de la segunda mitad del siglo XX, a través de una treintena de obras –de Gauguin, Tàpies y Chillida, entre otros– también pertenecientes a la colección del museo.

Con ocasión d la muestra, el Departamento de Conservación y Restauración del museo y un equipo de investigación del Departamento de Química Analítica de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del País Vasco han realizado un estudio pionero que analiza de forma exhaustiva y con métodos no destructivos el estado de conservación de una selección de 112 piezas, divididas en dos grupos. En el primero se han analizado 37 tsuba, dos kozuka o mangos de kogatana (pequeño cuchillo) y una caja en forma de máscara femenina, trabajados y decorados con diversos metales y datados entre los siglos XVII y XIX.

En el segundo, se han estudiado los objetos lacados, datados entre los siglos XVI y XIX, que toman como base la madera: 29 inro, 38 cajas, dos piezas Namban para la exportación y otros tres objetos (una mesa de finales del siglo XIX destinada igualmente a la exportación, una peineta y una copa de sake (bebida alcohólica).

Este trabajo ha permitido determinar los metales y las aleaciones de base, así como los empleados para las decoraciones de las tsuba. También en el caso de las lacas, se ha logrado establecer la naturaleza de algunos materiales usados en diminutas incrustaciones, y a simple vista similares, como el nácar, el marfil o el asta.

El estudio material de las piezas complementa las investigaciones desde un punto de vista histórico y estilístico realizadas por diversos expertos, recogidas en el completo catálogo editado por el museo con ocasión de la exposición: el ya citado Fernando García Gutiérrez, S.J., V. David Almazán Tomás (Universidad de Zaragoza), Yayoi Kawamura (Universidad de Oviedo), José Luis Merino Gorospe (jefe del Departamento de Conservación y Restauración del museo) y Arantxa Pereda.

ARTE JAPONÉS Y JAPONISMO

Desde que a finales del siglo XIX la dinastía Meiji (1868–1912) abrió los puertos japoneses, acabando así con el aislamiento del país, surgió en el mundo occidental, de forma paralela al notable incremento de las relaciones comerciales, un gran interés por el arte y la cultura del país del Sol Naciente. Cuando americanos y europeos pudieron viajar a Japón e importar objetos artísticos sobrevino una enorme fascinación por su cultura, reflejada en el perdurable fenómeno del japonismo, que influyó en la pintura, la orfebrería, la literatura, el cine o la moda, y que alcanzó su apogeo en París entre los años 1860 y 1900, aunque también surgieron grandes coleccionistas en Alemania y Reino Unido. El art nouveau, el impresionismo, el simbolismo y, más tarde, movimientos de vanguardia, desde la abstracción y el informalismo hasta el minimalismo, mostrarían su profunda huella en el arte occidental, visible aún hoy en día. Los objetos fácilmente transportables, como grabados, adornos de espadas, cerámicas y lacas, así como los populares netsuke (especie de tope que se usa, atado a un cordón, para suspender pequeños objetos del cinturón del kimono o vestimenta tradicional japonesa), fueron los preferidos de los coleccionistas



En nuestro entorno el coleccionismo de arte japonés no estuvo muy difundido, a excepción de en Cataluña, donde surgieron un comercio interesado en artículos orientales y colecciones como la extinta Mansana, que en su momento llegó a reunir más de tres mil piezas. La celebración en Barcelona de la Exposición Universal en 1888 contribuyó decisivamente al fenómeno. Por ello, la figura de José Palacio –nacido en Montevideo, de padre cántabro y madre bilbaína, pero que fijó su residencia en la capital vizcaína desde los 15 años– es insólita en el Bilbao de principios de siglo, en donde los coleccionistas buscaban preferentemente pintura antigua europea y sólo los jóvenes artistas como Ucelay o Guiard, entre otros, apreciaban las particulares características de la estética nipona.

Las pocas referencias documentales conservadas sobre José Palacio atestiguan que se licenció en Derecho en la Universidad de Salamanca en 1898 y que emprendió estudios de Arquitectura en Barcelona durante la primera década del siglo XX, aunque nunca ejerció profesión alguna y toda su actividad conocida está ligada a su afición al arte y la música. Este diletante culto y erudito, perteneciente a la alta burguesía bilbaína de principios de siglo, frecuentó los círculos culturales de la Villa y viajó por Europa para asistir a conciertos y subastas de arte. Su presencia en París está documentada, entre 1925 y 1932, como un habitual de las prestigiosas subastas de arte oriental que se celebraban en el Hôtel Drouot y en la Galerie George Petit.

El museo conserva, también como parte de su legado, libros y catálogos con apuntes manuscritos sobre precios y adquisiciones, así como recortes de prensa con reseñas artísticas del diario Le Figaro, y libretas y hojas del Hôtel du Louvre en las que quedan anotadas sus vivencias de viajero y aficionado a las artes. También se interesó por la pintura del Renacimiento y el Barroco europeos y, de este modo, la colección alcanza un total de 523 piezas, aunque la sección oriental, por su singularidad y calidad, es realmente excepcional. Como buen conocedor, José Palacio apreció piezas sofisticadas, como los netsuke en madera o la cerámica para la ceremonia del té, en su tiempo alejadas de los gustos dominantes.



Néstor Basterretxea
Forma y universo




MUSEO de BB.AA. de BILBAO
25|02|13 • 19|05|13
exposición, comisariada por Peio Aguirre

Néstor Basterretxea. Forma y universo
Autor: Peio Aguirre y Begoña González.
Selección de textos críticos a cargo de Miriam Alzur


Nestor Basterretxea. Cosmogónica vasca
Autor: Peio Aguirre

se ha concebido con la intención de reunir la retrospectiva más completa celebrada hasta la fecha de la obra de Néstor Basterretxea (Bermeo, Bizkaia, 1924), propósito que se extiende al exhaustivo catálogo editado para la ocasión. Previamente, en 2008, Basterretxea donó al museo las 18 esculturas que forman la Serie cosmogónica vasca, una de sus obras fundamentales, que es, además, uno de los conjuntos más reconocidos de la escultura vasca de la segunda mitad del siglo XX.
Para ello propone una revisión de casi 60 años de una intensa trayectoria creativa en los que ha ensayado ampliamente con multitud de técnicas y expresiones artísticas. Desde sus comienzos en la pintura hasta su irrupción en la escultura, pero sin olvidar las incursiones en el cine, el diseño industrial, gráfico y de mobiliario, los proyectos no realizados de arquitectura y urbanismo, la fotografía, el cartelismo o la escritura.

Trata, pues, de reconstruir lo que el crítico Juan Daniel Fullaondo denominó el “caleidoscopio Basterretxea”, como expresión de la capacidad del artista para integrar dentro de su vocabulario formal estéticas, corrientes, estilos y tendencias antagónicas.

Aunque es considerado uno de los principales renovadores de la escultura vasca de la segunda mitad del siglo XX, Basterretxea comenzó su actividad creativa como dibujante publicitario antes de dedicarse a la pintura de forma autodidacta. A finales de la década de 1950 se inició con Jorge Oteiza en el campo de la escultura, fue miembro fundador del Equipo 57 y colaboró con el Equipo Forma de Barcelona. En 1961 fue el único escultor seleccionado para representar a España en la VI Bienal de Sao Paulo (Brasil).

Poco después, en 1966, fundó junto con otros artistas el grupo vasco de vanguardia Gaur. En esa época comenzó también su actividad en al ámbito cinematográfico, fruto de la cual son, entre otros, los cortometrajes Pelotari (1964) y Alquézar (1966), y el largometraje Ama Lur (1968), todos ellos realizados con Fernando Larruquert.

Posteriormente, ya durante los años ochenta, trabajó intensamente en el campo de la escultura pública, de la que pueden verse ejemplos en numerosas localidades del País Vasco, así como en distintas ciudades españolas, de Estados Unidos, Argentina o Chile.

Formada por cerca de 200 piezas, la exposición propone una mirada a la vez contemporánea e histórica sobre la obra de Basterretxea y su personal interpretación de la tradición a través de los lenguajes artísticos de la vanguardia.


Recorrido expositivo

1. Pintura de la década de 1950

Basterretxea comenzó su carrera en la pintura a comienzos de los años cincuenta. A mediados de la década muestra un temprano interés por la arquitectura y el urbanismo, que se plasma en pinturas de carácter abstracto y geométrico en donde, a menudo, homenajea a otros artistas como Le Corbusier o Ben Nicholson. Tratando de distanciarse de las convenciones pinta sobre madera o táblex y trabaja con materiales novedosos como la arpillera o el hierro. A esta época pertenece Interactividad vertical, que comparte el ideario del Equipo 57, al que se vinculó brevemente.

2. Proyectos de escultura y obra pública (1967-1999)

En 1967 Basterretxea comenzó una intensa labor dentro de la escultura pública contemporánea, hasta entonces casi inexistente en el País Vasco. Los homenajes a Iztueta (1967) o Pío Baroja (1971), ambos en San Sebastián, y a los pescadores y navegantes muertos en el mar (1972), en Pasai San Pedro (Gipuzkoa), adquieren especial relevancia. Les sucederán encargos de tipo simbólico, como La paloma de la paz (1988) en San Sebastián o Monumento al pastor vasco (1989) en Reno (Estados Unidos). Mención especial merece Urbidea (Camino de agua) (1993), en la presa de Arriarán en Beasain (Gipuzkoa). Se incluyen también trabajos para la iglesia románica de Lasarte (Álava) (1976) o la pieza Izaro, del Parlamento Vasco (1983). En el campo de la pintura mural destaca la cripta de la basílica de Arantzazu (1982-1984).

3. La exposición fundacional del grupo Gaur en la Galería Bariandiarán (1966)

A mediados de los años sesenta, aunque inmerso ya en la escultura, Basterretxea desarrolla un importante trabajo como pintor y dibujante. Participa en la fundación del grupo Gaur de la Escuela Vasca, en cuya primera exposición (1966) presenta cuadros de pequeño formato que se alejan del rigor analítico de la década anterior. Concebidas casi como “paisajes interiores”, que reproducen sensaciones y cierta relación con la naturaleza, estas piezas abstractas de límites borrosos incluyen constantes referencias a formas de carácter escultórico.

4a. Del plano al espacio. La exposición de la Sala Neblí (1960)

Hacia 1960 Basterretxea experimenta con la tercera dimensión a través de relieves y bajorrelieves en mármol y pizarra, provistos de rayaduras e incisiones. Estas piezas le valieron el reconocimiento de la crítica durante la exposición conjunta con Jorge Oteiza celebrada en la Sala Neblí de Madrid y muchas tienen su equivalente en collages, dibujos y grabados realizados a lo largo de su carrera.

4b. Meridianos

Las formas discoidales son una de las tipologías favoritas de Basterretxea, que las ha empleado en logotipos, proyectos arquitectónicos y obra gráfica, y también en escultura, uno de cuyos ejemplos más refinados es la serie Meridianos.

5. Diseño industrial, logotipos y diseño aplicado

Basterretxea fue pionero en el diseño industrial vasco a finales de la década de 1950, cuando desarrolla el logotipo y mobiliario para la empresa madrileña H Muebles y otros proyectos de interiorismo.

Esta faceta se refleja en su primer trabajo cinematográfico, el filme experimental Operación H (1963), que realiza para el industrial y mecenas Juan Huarte. En la década siguiente, funda en Irun con otros socios la compañía Biok, dedicada al mueble moderno, en la que desarrolla innumerables prototipos que no siempre llegaron a comercializarse. Piezas emblemáticas son las de la serie Curpilla (1966), el ajedrez (1967) o los candelabros Sua (1968).

6. Bocetos para la basílica de Arantzazu

En 1952 se le encomienda la decoración de la cripta de la nueva basílica de Arantzazu (Gipuzkoa), en la que, años después, también colaborarían otros artistas de vanguardia como Jorge Oteiza, Eduardo Chillida o Lucio Muñoz. Apenas comenzado el trabajo, en un estilo expresionista deudor del muralismo mexicano, sus dibujos para los temas del pecado, la expiación, el perdón y la gloria fueron borrados. Se muestran aquí algunos de los escasos bocetos conservados, acompañados del conjunto escultórico que propuso en 1969 para el crucero de la cripta y de cuatro collages en donde plantea la relación del espectador con estas esculturas, ya concebidas a tamaño monumental.

7. Primeras incursiones en la escultura (década de 1960)

Durante los años sesenta Basterretxea realiza sus primeras esculturas exentas, como Toro (1961) o Signo (1962), piezas en hierro pero de apariencia liviana que a menudo sugieren el gesto de la mano del artista al dibujar sobre el papel. Bizkaia y Araba (ambas de 1962), cuyos originales en piedra y madera se muestran aquí, terminarán siendo esculturas de gran tamaño y en metal instaladas en espacios públicos de Galdakao (Bizkaia) y San Sebastián.

8. Escultura de los años setenta y ochenta

Entre 1972 y 1975 Basterretxea ejecuta la Serie cosmogónica vasca, 18 esculturas en madera basadas en personajes mitológicos, fuerzas de la naturaleza y objetos tradicionales de la cultura vasca. En esos años realiza también en madera su serie Eguzki lore, al tiempo que en otras obras investiga las cualidades escultóricas del alabastro. Friso de utensilios de artesanía vasca (1980) fue concebida para ser llevada a piedra y a escala monumental, e instalada en el aeropuerto de Foronda (Vitoria).

9. Fotomontajes

A través de los fotomontajes Basterretxea sitúa sus esculturas en contextos imaginarios y distintos de aquellos en que fueron realizadas. Por medio de la técnica del collage “instala” estas piezas en paisajes cargados de literatura –unas ruinas románticas, un jardín barroco o la selva amazónica– para establecer, aunque sea de forma experimental, una particular relación entre lo propio y otros contextos culturales.

10. Carteles y obra gráfica

El cartel y la obra gráfica han sido una de las formas de expresión preferidas de Basterretxea, que desde mediados de los años sesenta ha prestado su colaboración a gran número de causas culturales, sociales o políticas. La combinación de collage, fotografía y tipografía, propia del
cartelismo, le ha permitido reciclar parte de su vocabulario formal, experimentar con imágenes de esculturas, logotipos y otros elementos gráficos, y darles una función en el campo del diseño.

11. Homenaje a la América primera (1992) y otras obras

Estas esculturas policromadas son el resultado de varios años de investigación sobre las culturas precolombinas que Basterretxea plasmó también en la serie de documentales para la televisión Arte y culturas en la América prehispánica (1988-1992). De tamaño medio y marcada frontalidad, recrean nombres de dioses, figuras animales, ritos o ciudades, en un deseo de comprender el origen y las tradiciones de otros pueblos, como antes hiciera en las esculturas de la Serie cosmogónica vasca con el mundo vasco precristiano.

12. Volumetrías (1957-2003)

Volumetría es el término que Basterretxea utiliza para referirse a los proyectos de arquitectura, de carácter utópico y ejecutados sólo sobre el papel, de los que aquí se presenta una selección. Junto a ello hay otros ejemplos de su vinculación con la arquitectura, como la vivienda-taller que compartió con Oteiza en Irun (1955-1957) o algunos proyectos fallidos como el que elaboró, también con Oteiza, para la Fundación Sabino Arana en Bilbao (1979), la biblioteca de la Universidad de Deusto (1985) o Atlántida (2001-2002), que transformaba la central nuclear de Lemoiz en un parque dedicado a la ciencia. Ejemplo del carácter arquitectónico de su escultura es Argizaiola, que el artista transforma, en dibujos y fotografías, en un edificio.







Nestor BASTERRETXEA ARZADUN,

(Bermeo, Bizkaia, 1924)

Escultura, Pintura.

Irun (Gipuzkoa), Hondarribia (Gipuzkoa)



http://www.bd-arteder.com/cgi-bin/BRSCGI?CMD=VERDOC&BASE=ARTI&DOCR=18&SORT=APE1,APE2,NOMB,PSEU&RNG=20&SEPARADOR=&&IAPE=%27B%27
Nestor Basterretxea nace el 6 de mayo de 1924 en la localidad vizcaína de Bermeo donde vive hasta 1936 año en el que, a causa de la Guerra Civil, tiene que exiliarse con su familia en Francia. Iniciada la segunda Guerra Mundial salen de Marsella hacia Buenos Aires en un viaje programado para 15 días. Sin embargo, desde Dakar son obligados a volver a Casablanca, de allí van a México, y luego a La Habana.

Finalmente consigue llegar a Buenos Aires a la edad de 18 años, donde inicia su actividad artística como dibujante publicitario. Posteriormente, y de forma autodidacta, se convierte en pintor y recibe en el Salón Nacional de Buenos Aires de 1949 el Premio Único a Extranjeros. Un año más tarde realiza su primera exposición individual en la sala Peuser.

Regresa a su país y rápidamente participa en las propuestas de vanguardia que, en ese momento, se estaban gestando. En 1952 gana el concurso para realizar los murales de la cripta de la basílica de Arantzazu en Oñati (Gipuzkoa).

Los once murales realizados serán borrados tras la orden de suspensión de las obras decretada por la Iglesia en junio de 1955 por considerarlos poco apropiados para la devoción cristiana.

En 1984 pinta de nuevo la cripta,realizando en esta ocasión siete murales más, lo que hace un total de diechiocho paneles. Tras la etapa de Arantzazu, en 1958 se traslada a Irun (Gipuzkoa) junto con Jorge Oteiza, y se inicia en la escultura y el diseño, mientras trabaja en su fábrica de muebles como medio de vida. En este año se incorpora al Equipo 57 y colabora con el Equipo Forma en Barcelona. La década de los 60 supone su reconocimiento artístico.

En 1961 es seleccionado como único escultor para representar a España en la VI Bienal de Sao Paulo (Brasil) y en 1962 participa en diferentes muestras internacionales de vanguardia. Con Amable Arias, Eduardo Chillida, Remigio Mendiburu, Jorge Oteiza, Rafael Ruiz Balerdi, José Antonio Sistiaga y José Luis Zumeta crea el Grupo Gaur en 1966.

A partir de 1965 inicia su actividad en el ámbito cinematográfico. En colaboración con Fernando Larruquert realiza los cortometrajes "Alquezar" y "Pelotari", premio nacional de cinematografía de ese mismo año y, más tarde el largometraje "Ama Lur" que, en 1968, se presenta en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián donde obtiene el premio Ateneo Guipuzcoano.

A comienzos de los años 70 se traslada a Hondarribia donde instala definitivamente su taller en el caserío Iturmendieta.
Es en este momento cuando inicia la "Serie Cosmogónica Vasca", dieciocho imágenes realizadas en madera e inspiradas en la mitología vasca, obra emblemática dentro de su producción.

Considerado uno de los principales renovadores de la escultura vasca, su momento de mayor esplendor coincide con los años 80 cuando ejerce como asesor artístico del Gobierno Vasco y lleva a cabo un importante número de esculturas monumentales como la realizada en 1983 para el Salón de Sesiones del Parlamento Vasco, en 1987 la "Paloma de la Paz" que posteriormente quedará instalada en el barrio de Amara de la capital guipuzcoana, y en 1993 la estela funeraria ante la ermita de Tabira en Durango (Bizkaia) o la enorme escultura de hormigón para la presa de Arriaran en Beasain (Gipuzkoa).

En la actualidad tiene ochenta y cinco esculturas en lugares públicos, y aunque su mayoría están en el País Vasco, algunas otras pueblan desde Cataluña y Canarias hasta Estados Unidos, Argentina y Chile.

A lo largo de toda su trayectoria Nestor Basterretxea ha buscado la creación de un arte integral, ha trabajado no sólo como escultor y pintor sino también como grabador, fotógrafo, diseñador industrial, realizador de cine y escritor

Recibe el premio Eusko Ikaskuntza-Caja Laboral de Humanidades, Cultura, Artes y Ciencias Sociales 2005 por su aportación al desarrollo y reconocimiento internacional del Arte Vasco, y la distinción "Lan Onari" del Gobierno Vasco y, en 2008, la Universidad del País Vasco le concede la Insignia de Plata por su aportación al arte.

http://www.museobilbao.com/catalogo-online-listado.php?autor=BASTERRETXEA%20ARZADUN,%20N%E9stor&titulo=&objeto=&epoca=&lugaryfecha=&pagina=1

Torto




Majue
Mairuak
Intxixu

Intxixu


Meridiano, 1960

Néstor Basterretxea

Hierro pintado, 70 cm (diámetro) Colección familia Basterretxea

















La exposición “Fernando Botero. Celebración”

reúne ochenta obras del más conocido de los artistas latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, Fernando Botero (Medellín, Colombia, 1932).



8 de octubre – 20 enero 2013
Por María Jesús Burgueño
http://www.revistadearte.com/2012/09/20/botero-llena-el-museo-de-bellas-artes-de-bilbao/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+Revista-De-Arte-Logopress+%28REVISTA+DE+ARTE+-+LOGOPRESS%29
La muestra coincide con su 80 aniversario y reúne igual número de obras, realizadas en los últimos 60 años, para mostrar la trayectoria de un pintor que ha desarrollado un estilo propio, basado en la exaltación del volumen y el color.
“Fernando Botero. Celebración”, patrocinada por BBK Fundazioa, se podrá visitar desde el 8 de octubre hasta el 20 de enero de 2013  en la Sala BBK del Museo de Bellas Artes de Bilbao
Fernando Botero (Medellín, Colombia, 1932) es el más conocido de los artistas latinoamericanos aún en activo de la segunda mitad del siglo XX. Coincidiendo con el 80 aniversario de su nacimiento, esta exposición rinde homenaje a la trayectoria de un pintor, dibujante y escultor que ha sido capaz de desarrollar un estilo reconocible y propio, y que celebra una realidad profundamente vital a través de la exaltación del volumen y el color.
Fernando Botero. Celebración se presenta como una de las exposiciones antológicas más importantes de su carrera artística, pues reúne 80 obras realizadas en los últimos 60 años. Son 79 pinturas, que se exhiben en la sala BBK del museo, y una escultura monumental –el bronce Caballo con bridas (2009)–, colocada en la Gran Vía bilbaína frente a la sede principal de la entidad financiera patrocinadora de la muestra. Ha precedido a esta exposición una versión más amplia, clausurada el 10 de junio pasado en el Palacio de Bellas Artes de México, en donde recibió cerca de 250.000 visitantes.


El propio Fernando Botero ha intervenido de forma muy directa en la organización de la muestra, que ha contado, además, con el comisariado de su hija, Lina Botero, quien ha seleccionado y distribuido las obras, en su mayoría procedentes de la colección privada del pintor, según un recorrido temático repartido en ocho salas y bajo el criterio de ofrecer un resumen de más de seis décadas de trabajo. Lina Botero escribe el ensayo principal del catálogo, que recoge también textos de los escritores Carlos Fuentes, recientemente fallecido, y Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, además de cinco cuentos escritos e ilustrados por el propio Fernando Botero en los años ochenta.
Fernando Botero inició su trayectoria profesional en 1948, trabajando como ilustrador en el diario El Colombiano, de su ciudad natal. Tres años más tarde se trasladó a Bogotá, donde celebró su primera exposición individual. De formación básicamente autodidacta, en 1952 recibió el segundo premio del Salón Anual de Artistas Colombianos. Ese mismo año se trasladó a Madrid, en donde estudió en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y acudió con gran asiduidad al Museo del Prado.
Los años siguientes viajó por Francia e Italia, y en Florencia se interesó por la pintura al fresco renacentista. Regresó a Bogotá en 1955 y poco después viajó a México, en donde conoció el trabajo de los grandes muralistas mexicanos Diego Rivera y José Clemente Orozco, y también la obra renovadora de Rufino Tamayo y José Luis Cuevas. En 1960 se instaló en Nueva York y comenzó una serie pictórica dedicada a los maestros de la pintura: Leonardo, Rubens o Velázquez, entre otros.
Poco a poco, Botero fue configurando un estilo personal, figurativo y a contracorriente, caracterizado por la exaltación del volumen y por un vitalismo burlón con el que plasma motivos que giran siempre en torno a la condición humana: la vida tradicional colombiana, los personajes históricos, el bodegón, la vida burguesa, el circo y la tauromaquia… A comienzos de los años sesenta abandona definitivamente la influencia de las tendencias artísticas del momento y configura su particular visión de la pintura. Aplicada con una pincelada delgada, la materia desaparece, y las composiciones se llenan de formas plenas y color exuberante.
Esta condición monumental y la deliberada desproporción de las figuras se manifiestan también en las esculturas de representaciones humanas y animales, a las que dio inicio hacia 1973, año en el que fijó su residencia en París. A partir de ese momento su obra es internacionalmente reconocida y presentada al público en numerosas ocasiones, como las célebres exposiciones de sus esculturas monumentales en los Campos Elíseos de París en 1992 y en Nueva York, Buenos Aires y Madrid en 1993.

Celebración
La exposición comienza con los años de formación de Botero, para dar paso, seguidamente, a tres salas dedicadas a Latinoamérica, uno de los núcleos temáticos más importantes de su producción. Le siguen representaciones religiosas y de personajes del clero, tratados con un benevolente sentido del humor. Después, aparece el mundo del circo, las versiones y los retratos de maestros de la historia del arte, que Botero homenajea con admiración, y el tríptico de Abu Ghraib, que pertenece a la serie que el maestro dedicó a los terribles acontecimientos sucedidos en esa prisión iraquí. Tras esta denuncia, se presentan pinturas sobre la tauromaquia, otra de las pasiones de Botero, que preceden a la última sala, dedicada al género de la naturaleza muerta.
1.- Obra temprana
En esta primera sala se reúnen 8 obras de la etapa de aprendizaje de Botero, que muestran las diversas influencias que asumió hasta configurar un lenguaje propio. Desde la simplificación geométrica del arte popular y del muralismo mexicano, presente, junto a un cierto aire metafísico, en Los caballos (1954), hasta el expresionismo abstracto de Niño de Vallecas (1959), que revela además la admiración hacia la pintura de Velázquez.
2.- Latinoamérica
Las 22 obras que se presentan en las tres salas dedicadas a Latinoamérica tienen su origen en los recuerdos de infancia y juventud de Botero: grupos familiares, oficios tradicionales, bailes y odaliscas, y también la violencia que ha agitado Colombia en las últimas décadas. Comparten estas escenas, abigarradas y coloristas, la atmósfera que refleja buena parte de la literatura latinoamericana contemporánea. Formalmente, el carácter narrativo, la superposición de los personajes, su plenitud formal y la impresión de quietud que domina las composiciones muestran el estrecho vínculo que mantienen con la pintura quattrocentista italiana.

http://www.revistadearte.com/wp-content/uploads/2012/09/BOTEROBMuseoBellasArtesBilbao-1-300x284.jpg
3.- Religión y clero
El arte sacro es un capítulo fundamental del arte occidental y también de la imaginería colonial barroca latinoamericana. Botero se incluye en esa tradición, tal y como muestran las 7 pinturas de esta sala, aunque lejos de los fines didácticos o de representatividad que le son propios. Es la plasticidad de las formas y vestiduras lo que realmente le interesa, la teatralidad y el boato de este mundo, particularmente presente en la cultura y la sociedad latinoamericanas, que el pintor plasma con amable sentido del humor.
4.- El circo
En 2006, durante una de sus habituales visitas a México, Botero –como antes les sucediera a Rouault o Picasso, entre otros artistas– se vio fascinado por el pintoresquismo de un circo popular. Este encuentro casual proporcionó numerosos motivos iconográficos al pintor, que desde ese momento, convertirá este mundo y a sus personajes en uno de los núcleos iconográficos principales de su prolífica producción.
Trapecistas, payasos, domadores, malabaristas y equilibristas aparecen en estos 14 lienzos mostrando una realidad en la que contrastan la melancolía de sus protagonistas con el colorido vistoso de los atuendos, y la vivacidad de las piruetas que ejecutan con el solemne hieratismo de los personajes, característico en toda la pintura de Botero.
5.- Versiones
Se muestra en esta sala una docena de obras que constituyen un homenaje a los maestros de la pintura occidental, admirados y estudiados por Botero desde su primer viaje a Europa en 1952. Esta devoción por las grandes obras y pintores del pasado, que será fuente de inspiración a lo largo de toda su carrera, se plasma de dos maneras, bien en forma de versión de obras conocidas de la historia de la pintura o bien en los retratos de sus autores. Con este particular homenaje Botero declara, además, su amor a las cualidades del oficio tradicional de pintor.
Se trata de pinturas según Piero della Francesca, Le Brun, Van Eyck, Rafael, Ingres o Goya, en las que el pintor deja que sigan siendo reconocibles aunque introduce alteraciones “según Botero”, que las acercan a su estilo. Junto a ellas se muestran los retratos de los pintores Giacometti, Delacroix, Courbet, Ingres o Rubens.
6.- Abu Ghraib
En 2004 se conoció el horror de la prisión de Abu Ghraib, en donde soldados estadounidenses torturaron atrozmente y asesinaron a prisioneros iraquíes. La noticia impactó a Botero, que ya antes, a finales de la década de los noventa, había hecho una serie dedicada a la violencia en Colombia. El resultado fue un conjunto de 56 pinturas y dibujos que fueron donados por el artista a la Universidad de Berkeley (California). La serie, de la que se expone aquí una de sus obras centrales, el gran tríptico Abu Ghraib #44, pintado en 2005, muestra sin ambages la indignidad de la tortura, añadida a la sinrazón de la violencia. Las tres escenas se desarrollan en espacios confinados por barrotes en donde las víctimas son el motivo central. El colorido es aquí restringido y destaca sólo el rojo de la sangre de las heridas y el de las capuchas que cubren las cabezas de los torturados, víctimas anónimas y universales de la crueldad y la barbarie humanas.
7.- La corrida
Como ocurre con la iconografía circense, Fernando Botero siente una enorme admiración plástica por la tauromaquia, aunque, en este caso, centrada sobre todo en las enormes posibilidades cromáticas y compositivas que ofrece. A ello se añade la afición personal que el pintor siente por este mundo: de niño, su tío le inscribió en una escuela taurina de Medellín. De este modo, y siguiendo la tradición de Goya, Manet, Picasso o Bacon, entre otros, la corrida es uno de los temas predominantes de su obra desde comienzos de los años ochenta. Se presentan aquí 6 lienzos con diversos momentos –desde distintos lances de la lidia hasta la muerte trágica del torero– y personajes –incluido el caballo del picador–. Por su parte, Rapto de Europa desarrolla uno de los temas clásicos de la mitología griega, relacionado con el mundo del toro.
8.- Naturaleza muerta
Esta última sala reúne 9 composiciones de uno de los géneros tradicionales de la pintura, la naturaleza muerta, que forma otro de los núcleos principales de la obra de Fernando Botero. Muestran una estrecha vinculación con la tradición pictórica holandesa del siglo XVII, momento en el que la representación de objetos y de flores y alimentos inertes se configura como un género independiente. Botero lo traduce a su personal estilo y lo enriquece iconográficamente con la cultura latinoamericana, al representar las frutas y cacharros característicos. También aquí, como en el resto de su obra, la búsqueda de la belleza y del placer de la contemplación tiene en la sensual exaltación del volumen –en la “quieta y suntuosa abundancia”, en palabras de Vargas Llosa– su principal seña de identidad.
Datos de interés:
Fernando Botero. Celebración
Museo de Bellas Artes de Bilbao (www.museobilbao.com)
Sala BBK (Museo Plaza, 2. 48009 BILBAO)
Fechas: 08/10/12–20/01/13
Patrocina BBK Fundazioa
ACCESOS
Metro Bilbao:Estación Moyúa.
Tranvía:Parada en Abandoibarra y en Guggenheim.
Autobús:
Líneas 1, 10, 13 y 18, parada en Museo Plaza.
Líneas 13, 27, 38 y 48, parada en Alameda Rekalde.
Líneas 27, 38, 48, 72 y 77, parada en Gran Vía.
Línea aeropuerto, parada en Plaza Moyua.
Tren:Estación de Abando (RENFE), estación de Santander (FEVE) y estación de Atxuri (Euskotren).
Autobús:Termibús (estación de Garellano)

 

Goya. Estampa de invención

Sala BBK (Museo de Bellas Artes de Bilbao)
Hasta el 23 de septiembre
Horarios del museo: www.museobilbao.com

 http://www.elcorreo.com/vizcaya/20120614/mas-actualidad/cultura/exposicion-goya-viar-201206141113.html

hasta el 23 de septiembre

La ferocidad del mundo goyesco

Javier Viar, director del Museo de Bellas Artes de Bilbao, nos guía por la recién inaugurada muestra de los famosos grabados del pintor

14.06.12 - 11:13 -






Vídeo: Lara Bermúdez e Iñigo SoGoya. Estampa de inención
Goya fue un genio no sólo por su talento artístico sino también por su actitud crítica e irreverente. Una irreverencia que se muestra con claridad en sus grabados, cuyas cuatro series se exponen en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Con unos personajes desfigurados y grotescos, Goya vapulea la superstición de la gente de la calle y la ignorancia y prepotencia de los poderosos, las consecuencias de la violencia y las debilidades del ser humano, como el miedo.
Los 'Caprichos', los 'Desastres de guerra', la 'Tauromaquia' y los 'Disparates', las cuatro series del artista, suman 224 estampas que reflejan la ferocidad del mundo goyesco. El museo posee una copia de todas ellas y ha aprovechado para exponerlas juntas por primera vez, a 20 grados de temperatura, 50% de humedad relativa y 60 lux (unidad de luz), las condiciones óptimas para que no se dañe un material tan frágil como el papel.
Comisariada por Javier Novo, conservador de la pinacoteca bilbaína, la muestra también incluye obras de los artistas a los que Goya ha influido de manera evidente, como Picasso, Antonio Saura y Francis Bacon. Todas estas piezas pertenecen también a la colección del museo.
El director del centro, Javier Viar, señala que la obra sobre papel del artista marca un "punto de inflexión" en la historia del grabado en Europa, tanto por la libertad creativa con que el pintor aragonés acometió estos grabados como por las técnicas que procedían de países como Alemania y Holanda y que hasta ese momento apenas habían sido utilizadas en España.

Museo de Bellas Artes de Bilbao
REVISTA DE ARTE - LOGOPRESS



El Museo de Bellas Artes de Bilbao se creó en 1908 y abrió sus puertas en 1914. Orientado por la voluntad de modernización y por el objetivo de proporcionar modelos ejemplares a la comunidad artística, el Museo tuvo como sede la Escuela de Artes y Oficios de la Villa.
Años más tarde, las inquietudes de los artistas locales determinaron la creación de un nuevo museo: el Museo de Arte Moderno que, situado en unas dependencias de la Diputación, abrió en 1924.

En 1945 se decidió la fusión de las colecciones de ambos museos y la construcción de un edificio para albergarlas.
El nuevo museo, de estilo neoclásico, se construyó según el proyecto de los arquitectos Fernando Urrutia y Gonzalo Cárdenas.

El Museo, actual Museo de Bellas Artes de Bilbao, se inauguró en 1945.

Posteriormente, las crecientes necesidades de espacio determinaron su ampliación, proyectada por los arquitectos Álvaro Líbano y Ricardo Beascoa, quienes realizaron una obra innovadora, influenciada por la arquitectura de Mies van der Rohe. El Edifico Moderno quedó inaugurado en 1970.

A finales de la década de los noventa las instituciones propietarias del Museo, Ayuntamiento de Bilbao, Diputación Foral de Bizkaia y Gobierno Vasco, conscientes del creciente protagonismo del Museo y de los equipamientos culturales en la ciudad, convocaron un concurso para la adjudicación de un Plan de Reforma y Ampliación del Museo.

El proyecto, concebido por el arquitecto Luis Mª Uriarte, perseguía la mejora y ampliación de las instalaciones y servicios del Museo mediante la construcción de un Nexo de unión y una Galería que, presididos por criterios de permeabilidad visual, respetaran las arquitecturas existentes y crearan un canal fluido de comunicación entre ellas.
Al mismo tiempo, proponía liberar una serie de espacios para ampliar y mejorar los servicios al visitante y los espacios expositivos.

De igual manera, contemplaba un cambio en los accesos al Museo, situándolos en la reformada Plaza del Monumento a Arriaga y en la nueva Plaza Chillida.
Las obras de reforma y ampliación concluyeron en noviembre de 2001.


escultura de Palenzuelo en el exterior

La colección del Museo de Bellas Artes de Bilbao reúne más de ocho mil piezas, entre pinturas, esculturas, obras sobre papel y artes aplicadas, en un destacado conjunto patrimonial que comprende una cronología desde el siglo XII hasta la actualidad. Conserva ejemplos relevantes de arte antiguo, moderno y contemporáneo, y tienen especial interés la pintura de la escuela española y la nutrida presencia de los artistas vascos.

Un recorrido esencial por las salas del Museo incluye obras singulares de Bermejo, Benson, Mandjin, Vredeman de Vries, De Vos, Moro, Sánchez Coello, El Greco, Pourbous, Gentileschi, Ribera, Zurbarán, Van Dyck, Murillo, Arellano, Meléndez, Bellotto, Goya, Paret, Villaamil, Ribot, Zamacois, Madrazo, Gauguin, Cassatt, Sorolla, Guiard, Ensor, Regoyos, Romero de Torres, Zuloaga, Sunyer, Arteta, Gutiérrez Solana, Vázquez Díaz, Lipchitz, Delaunay, González, Gargallo, Bacon, Palazuelo, Oteiza, Chillida, Caro, Millares, Tàpies, Saura, Lüpertz, Kitaj, Blake, Arroyo, y Barceló, entre otros.

En el Edificio Antiguo se presenta un recorrido histórico a través de más de trescientas obras, distribuidas en treinta y una salas. En ellas, se pueden descubrir los principales estilos, escuelas y artistas que se desarrollaron en el arte occidental, desde el románico hasta la actualidad.

La selección de obras se encuentra dispuesta cronológicamente, favoreciendo así una mejor compresión de la evolución artística a lo largo de diez siglos, a través de piezas representativas de diversas escuelas europeas −española, flamenca, holandesa, italiana, francesa…−. Los artistas vascos tienen especial presencia, sobre todo a partir de mediados del siglo XIX, conformando una de las colecciones más ricas e interesantes.

Los principales ciclos artísticos se distribuyen de la siguiente forma (la nómina de los artistas citados puede estar sometida a cambios debido a préstamos temporales a otras instituciones): Románico y Gótico (s. XII – s. XV).

Desde algunos significativos ejemplos del arte románico catalán −una escultura de Cristo en majestad del siglo XII y dos tablas del XIII, que son las obras más antiguas de la colección− la visita continúa con el gótico francés y alemán −con bellas esculturas de la Virgen− e italiano, y diferentes estilos del gótico peninsular, con extraordinarios ejemplos del arte hispano-flamenco −Pere Nicolau, Berthomeu Baró, Maestro de San Nicolás, Diego de la Cruz, y, sobre todo, Bartolomé Bermejo−, y de cerámica contemporánea del alfar de Manises (Valencia).
Renacimiento y Manierismo (s. XVI – comienzos s. XVIII) A través de primitivos flamencos y holandeses −Engebrechtsz, Gossaert, Benson y Coecke−, aparece representado el Renacimiento en el Norte, con pinturas y esculturas de gran calidad, junto a las formas del manierismo adaptadas por los artistas flamencos como Mandijn, De Vries o De Vos.
Se llega a los refinados retratos cortesanos españoles del siglo XVI: Moro y uno de sus discípulos más destacados, Sánchez Coello y su continuador, Pantoja de la Cruz, en compañía de un retrato de Pourbus el Joven. Finalmente, se presentan interesantes obras de Morales y El Greco, y un calvario escultórico de Juan de Anchieta. Barroco (s. XVII)

El siglo XVII se inicia con varias obras de la escuela italiana −Gentileschi, Crespi y Piola− y se adentra en uno de los núcleos principales y de mayor calidad de la colección: la pintura española barroca, representada con piezas relevantes de los grandes maestros y escuelas de la época, Herrera el Viejo, Orrente, Ribera, Zurbarán, Murillo, Carreño, Arellano, Coello, etcétera.

Para terminar la representación barroca, la pintura flamenca y holandesa vuelve a salir al paso con obras de Jordaens, Van Dyck, Grebber y Ruisdael.
Rococó y Clasicismo (s. XVIII y primera mitad s. XIX) Llenan esta sala varios artistas del siglo XVIII, fundamentalmente españoles, que forman una magnífica representación.



El ilustrado Paret vivió exiliado varios años en Bilbao, lo que le permitió pintar vistas de la Villa y, por encargo real, de los puertos del Cantábrico.

El genio de Goya brilla con dos retratos de sus amigos Zapater y Moratín. También se manifiesta espléndidamente el talento retratista de Vicente López y el bodegonista de Meléndez. La escuela vedutista italiana está representada a gran nivel por el veneciano Bellotto.

Romanticismo, Realismo e Impresionismo. Artistas vascos (s. XIX – primeras décadas s. XX) Con obras relevantes, principalmente del arte español y del arte vasco, se recorren algunos de los episodios más importantes del costumbrismo andaluz, con Esquivel, Fernández Cruzado y Cortés, del madrileño con Alenza y Lucas Velázquez, del paisaje realista con Haes y Beruete, y su definitiva orientación hacia un paisajismo impresionista, y de las escenas de historia y de costumbres con Raimundo Madrazo, Palmaroli, Álvarez Catalá, Pradilla, Gisbert, Ferrant y del escultor Benlliure. Junto a ellos, un magnífico bodegón del francés Ribot, con influencias del barroco español, y una pequeña representación prerrafaelita de Dicksee.

La escuela de Fortuny está representada por José Jiménez Aranda y Eduardo Zamacois. Éste, natural de Bilbao, será, junto a Bringas y Juan de Barroeta, quien dé inicio a la pintura vasca moderna. La siguiente generación, con Guiard −amigo y discípulo de Degas en París− y Guinea a la cabeza, dará el paso desde el realismo o el costumbrismo academicista hasta el impresionismo.

Algunas de las obras mayores de esta vertiente impresionista de la pintura vasca, a la que acompaña el particular puntillismo de Regoyos, conectado con Bruselas, otro importante foco de renovación en el fin de siglo, se ponen en contexto con una obra extraordinaria de la norteamericana Mary Cassatt, por una parte, y con pinturas realistas de Rusiñol y Sorolla, por otra.

En el vestíbulo están los primeros ejemplos de la escultura vasca del cambio de siglo del escultor bilbaíno Nemesio Mogrobejo, acompañado de Moisés de Huerta. A través del gran ventanal se contempla el Monumento al compositor Juan Crisóstomo de Arriaga, obra maestra del escultor Francisco Durrio, en la que interpreta un modelo clásico femenino con visión simbolista y primitivista.

Zuloaga
En el primer piso se recoge primordialmente la obra de los artistas vascos de los años finales del siglo XIX y las primeras tres décadas del XX, siguiendo la estela de Guiard, Regoyos y Guinea.
En correspondencia con ellos, se exhiben algunas obras de importantes pintores españoles y europeos con quienes se relacionaron.
Por medio de algunas de sus piezas maestras, se siguen las trayectorias de Zuloaga, Losada, Iturrino, Echevarría, Larroque o Baroja, algunos de los cuales tuvieron un considerable éxito en el París de la época, integrándose en los movimientos más renovadores −(como el fauve Iturrino, amigo de Derain, Vouillard, Matisse y Picasso)−, o colaborando en la formulación de la estética de la Generación del 98 −(como Zuloaga y Baroja, ciertos aspectos de la obra de Losada, Larroque, y Echevarría y el tardo-modernismo de Maeztu)−. 

La elaboración de una pintura etnicista vasca alcanza su cota mayor en los trabajos de Arteta, en los de los cuatro hermanos Arrúe y los dos hermanos Zubiaurre.
Otros artistas, como Tellaeche, pintor del mundo del mar, Benito Barrueta, que desarrolló un exquisito intimismo, y el sofisticado Ucelay, una de las figuras más originales de todo el arte vasco, en los linderos de los postulados surrealistas, completan el panorama de los pintores vascos de la primera mitad del siglo XX.



En escultura destaca la obra simbolista de Francisco Durrio, amigo de Gauguin y Picasso y personaje clave para la integración de los artistas vascos en París.
De Gauguin, precisamente, se muestra un extraordinario cuadro de su estancia en Arlès, así como otro de su amigo y seguidor Serusier.
Una de las colecciones más interesantes de escultura vasca presentes es la de Quintín de Torre, cuya obra conecta singularmente con la sensibilidad del realismo y el expresionismo contemporáneos.

Arte contemporáneo
En la gran sala del Edificio Moderno se propone un recorrido desde principios del siglo XX hasta nuestros días. Aparecen obras del cubismo −Gris, Metzinger, Hayden, Lipchitz− y derivaciones del mismo −Blanchard, Delaunay−, o del futurismo −Lagar, Guezala− y del expresionismo −Ensor−.

Les acompañan las esculturas de Gargallo y González y obras influidas por las propuestas geométricas o la estilización de las formas −Torres García, Arteta, Vázquez Díaz−, junto a pinturas de carácter surrealista de Domínguez, Alberto, Togores o Lecuona. A continuación, Oteiza, una de las figuras de la vanguardia vasca, introduce con un nutrido conjunto de esculturas los movimientos constructivistas o espacialistas del arte europeo surgidos tras la II Guerra Mundial herederos de la geometría cubista.

Junto a él, Palazuelo demuestra su magisterio y la influencia que ejerció sobre esta inicial escultura vasca. Ibarrola, por su parte, representa un realismo social mediante recursos cartelistas y espacialistas.
Un importante conjunto de piezas de Chillida, el gran escultor vasco que tanto influyó en el arte de su entorno muestra las diferentes materias y la profunda búsqueda de la forma que lograron levantar un excepcional universo poético.
Frente a las cristaleras, Urzay propone sus últimas investigaciones sobre la relación entre pintura y fotografía.



En 1966 se crearon los llamados Grupos de la Escuela Vasca, de los que alcanzaron a constituirse tres −Gaur (Gipuzkoa), Hemen (Bizkaia) y Orain (Araba)− que reunieron a los más significativos artistas vascos surgidos desde finales de los años cuarenta.

En los siguientes espacios aparecen obras de los pintores Amable Arias, Zumeta y Balerdi y de los escultores Mendiburu y Larrea. La mayoría de estos pintores se relacionan con el expresionismo abstracto, mientras que los escultores centran su interés tanto en propuestas informalistas como geométricas.


En un ámbito independiente se reúnen algunos de los grandes nombres de la abstracción española, fundamentalmente de índole informalista, caracterizada por la práctica ausencia de color, como los expresionistas interesados por la materia −Tàpies, Millares, Muñoz− o por una pintura de grandes rasgos gestuales −Saura−. Les acompañan obras de la difícilmente clasificable Vieira da Silva, del expresionista abstracto Bram van Velde y Karel Appel, y del poeta y pintor gestual francés Michaux.


A continuación pueden verse obras de artistas vascos alternando con otros internacionales que realizan propuestas figurativas de distinto carácter, pop, surrealista o de diferentes realismos: Nagel, Aquerreta y Herrero, junto a artistas figurativos ingleses como Bacon, Kitaj, Blake y Davies o españoles como Arroyo, Equipo Crónica, Gordillo y Pérez Villalta.

Cercanos aparecen algunos ejemplos de la transvanguardia italiana −Paladino, Tatafiore−, con su imaginativa figuración, y del neoexpresismo alemán −Lüpertz−. A todos ellos les acompaña Barceló, una de las figuras españolas de más difusión internacional con un particular expresionismo figurativo y matérico.


Para terminar, una serie de autores vascos, Badiola, Bados, Irazu, Morquillas, Gortázar, Ortiz de Elgea, Mieg, Ramos Uranga, Goenaga, Tamayo o Lazkano, se sitúan en las recientes y diversas tendencias del arte que incluyen reminiscencias del constructivismo junto a las referencia objetuales que dan testimonio de la complejidad de la vida urbana y de los conflictos existenciales y sociales del mundo contemporáneo, así como de la multiplicidad de sentidos que ofrecen los mensajes que recibe el hombre actual.

Monumento al compositor Juan Crisóstomo de Arriaga, obra del escultor Francisco Durrio

Datos de interés:
Museo de Bellas Artes de Bilbao  (Plaza, 2 – 48009 Bilbao, España)
Tel.: 94 439 60 60
Reserva anticipada.
Tel. 94 439 61 37